Globalizar la izquierda

(Comparto aquí una serie de ideas que llevan rondándome la cabeza desde hace tiempo, y que por fin he puesto por escrito.)

El mundo ha cambiado mucho durante estos primeros años del siglo XXI. La innovación se ha convertido en un motor económico sin precedentes. Ha originado una explosión tecnológica que está revolucionando los cimientos del mundo moderno, en aspectos sociales, políticos o económicos que dábamos por inamovibles.

Junto con la popularización de Internet, la globalización económica ha convertido al planeta en un gran mercado. Ello ha tenido aspectos positivos, como el auge de las llamadas economías emergentes, y la salida de la pobreza de millones de personas. Aunque sigamos teniendo población viviendo en condiciones inaceptables, no debemos caer en el pesimismo: todos los datos indican que la pobreza está bajando, la calidad de vida aumentando, el crecimiento de la población está bajo control y, aunque pueda no parecerlo, vivimos en la época menos violenta de la historia humana. Los intereses económicos en un mundo tan interdependiente suponen también un freno a la guerra como forma de solución de conflictos.

Pero mientras la globalización económica ha avanzado a pasos agigantados, la democracia no lo ha hecho. El poder político sigue teniendo en el estado-nación su principal escenario, aplicando el mismo modelo que usábamos antes de la globalización. Ésto ha generado un desequilibrio entre la economía y el control político de la misma, de modo que mientras “los mercados” campan a sus anchas en el gran mercado global, los estados siguen intentando controlar a los poderes económicos con políticas nacionales, sin éxito. Este desequilibrio ha acrecentando los excesos del capitalismo que, sin control sindical o estatal, ha provocado la crisis que actualmente viven las democracias occidentales.

Durante los últimos diez años, y debido a dicha crisis, los estados se han enfrentado por vez primera a la economía globalizada, y están perdiendo estrepitosamente. El capital no está exento de ideología, y condiciona sus inversiones —y su especulación— a la aplicación de políticas neoliberales. El neoliberalismo propone una suerte de anarco-capitalismo que simplifica todas las motivaciones del ser humano en una sola: la mera búsqueda de riqueza. La aplicación de este modelo económico está siendo especialmente dolorosa para sectores de la población que, por primera vez en mucho tiempo, están viviendo en peores condiciones que sus padres. La izquierda, antes la opción para reducir la desigualdad y dignificar la vida humana, se ha convertido en un mero gestor. No ofrece alternativa, o la ofrece sabiendo que “los mercados” no le permitirán aplicarla. La sensación es de total impotencia y falta de salidas.

Expongamos un caso claro: Alexis Tsipras, de cuya intención para llevar una política de izquierdas no caben muchas dudas. No se puede imaginar mejor situación para plantar batalla que la que disfrutó el primer ministro griego la mañana del 6 de Julio de 2015: un mandato claro de la ciudadanía a través de un referendum para enfrentarse a la famosa “troika”, habiendo llegado al poder con un programa de izquierdas y con todo el apoyo de su partido. Y sin embargo, Tsipras es doblegado en menos de tres días. El mensaje que este episodio nos ofrece es que la izquierda actual ya no es una alternativa viable. No tiene armas para cumplir sus compromisos. Es derrotada y humillada una y otra vez.

Y la ciudadanía lo sabe. No de forma explícita, pero sabe que votar a la socialdemocracia es tan sólo elegir el menor de dos males. Saben —sabemos— que las promesas electorales de las candidaturas socialdemócratas ya no son viables en su forma actual. Que en el momento en el que un país abandona la senda marcada por “los mercados”, se le amenaza y coacciona hasta doblegarlo. Con la crudeza que sea necesaria. El candidato de izquierdas se ve obligado o bien a prometer sabiendo que no podrá cumplir, o bien a ser sincero y comprometerse a “hacer lo que se pueda”, principalmente medidas de corte no económico y sin grandes costes para el estado. Un mensaje derrotista y no precisamente ilusionante.

En esta situación, la población busca esperanza en aquellos que ofrezcan un mensaje nuevo y que hagan creíble su firmeza frente a la economía globalizada. Tradicionalmente, la socialdemocracia ha ofrecido esa esperanza, y antes de la globalización dicha esperanza era creíble. Pero hemos abandonado ese espacio, y hemos dejado a la población sin alternativas frente al darwinismo social de los neoliberales.

Por eso el auge del populismo y de los partidos de extrema derecha, a uno y otro lado del espectro político. Ofrecen un nuevo proyecto, igual de irrealizable pero nuevo, atacan sin piedad a la socialdemocracia y simplifican los problemas que vivimos a una cuestión de “voluntad”: no es que sean problemas difíciles de resolver, es que “no se quiere resolverlos”. Pasan más tiempo señalando los problemas (la parte fácil) que proponiendo soluciones (la parte difícil). Al atacar al “establishment” hacen suya la frustración de la población, y al mostrarse radicales e inflexibles en sus postulados, logran que la población crea que, éstos sí, se van a enfrentar al status quo. Y proponen el regreso al aislacionismo como forma de enfrentarse a la economía globalizada.

Pero no olvidemos que están ocupando ese espacio político porque los socialdemócratas hemos dejado el espacio libre. Debemos tomar consciencia de ello y actuar en consecuencia. Necesitamos proponer un mundo nuevo. Necesitamos evolucionar para ponernos a la cabeza del cambio. Necesitamos, esencialmente, un cambio radical de dirección.

En el futuro próximo vamos a enfrentarnos a un cambio aún más extremo. Avances tecnológicos que están prácticamente aquí, como la conducción autónoma de vehículos, o la inteligencia artificial, van a acabar con muchísimos puestos de trabajo. Solo que esta vez no parece que vayamos a poder sustituirlos con nuevas industrias y servicios. Creo que la economía basada en la producción va a iniciar su desaparición en los próximos diez años. Si la robótica fabrica, la inteligencia artificial decide, y las nuevas tecnologías ofrecen los servicios, podemos estar empezando a vislumbrar el final del trabajo humano. Y aunque parezca complicado, está en nuestra mano hacer de ello una utopía, o permitir que se convierta en un desastre. Medidas como la reducción de jornada laboral en Suecia, o las propuestas en muchos países de un ingreso mínimo vital, van en esa línea.

Por tanto, ¿qué hacemos? Tenemos los siguientes hechos:

  • El fin de la política nacional
  • Una economía globalizada
  • Una ausencia de control democrático más allá de la nación
  • Una población que pide a gritos una alternativa
  • Unos cambios tecnológicos que permiten volver a soñar con una utopía

La solución está clara. Mientras que los populismos y la extrema derecha proponen una vuelta atrás, al aislacionismo y al nacionalismo, la socialdemocracia debe plantear una solución de progreso, de impulso hacia adelante. Respondiendo a los hechos anteriores, nuestro proyecto debe:

  • Considerar el ámbito nacional como un escenario para la gestión, y no para la política. Ya no es viable proponer el cambio a nivel nacional, así que digámoslo claro.
  • Apoyar la economía globalizada como fuerza frente a la pobreza y la guerra. No caigamos en simplismos de buenos y malos, señalemos los aspectos positivos y su potencial.
  • Plantear la verdadera política del cambio como una política internacional: no hablemos de cambios fiscales en España, ofrezcamos un proyecto Europeo de unificación fiscal. No intentemos garantizar el estado del bienestar en España, hagámoslo en la Unión Europea.
  • Ofrecer a la población una nueva utopía: un proyecto supranacional, hacia adelante y no hacia atrás. Un proyecto avalado por un mercado de 500 millones de personas, que nos coloca a la misma altura que las fuerzas de la globalización económica.
  • Recuperar la ciencia y la tecnología como herramienta de progreso, como el camino a la utopía. Abandonemos su actual percepción amenazante, y recuperemos los principios de la razón y la Ilustración.

La clave es la Unión Europea. La UE es percibida negativamente por la población, y creo que tenemos la responsabilidad de ello. La UE lleva años controlada por la derecha neoliberal, y muchos partidos de izquierda han olvidado su potencial. Pero nació como una vía hacia la utopía, y debemos recuperar ese discurso. Y no solo eso: es el proyecto supranacional más avanzado, y el único capaz de enfrentarse a los excesos de la globalización al mismo nivel, gracias al tamaño del mercado único, irreemplazable para los intereses económicos.

Por tanto: dejemos de ser PSOE. Seamos Partido Socialista Europeo. Planteemos un cambio hacia adelante, seamos honestos con la población y digámosle que la era de la política nacional ha terminado, que vamos a iniciar un nuevo movimiento que recuperará los derechos perdidos y moldeará nuestro futuro allí donde sí es posible hacerlo: en Europa.

Blindemos los servicios públicos, pero en Bruselas, donde de verdad los mercados no puedan especular en nuestra contra. Creemos una nacionalidad Europea, dejemos de ser españoles, griegos o alemanes, y seamos Europeos. Unamos a nuestra población, fomentemos la movilidad dentro de la Unión para hacer imposible una vuelta atrás. Unión fiscal, dejemos de competir unos miembros con otros por atraer inversiones. Abandonemos el Consejo de Europa y la comisión y que el Parlamento Europeo elija un gobierno Europeo. Unamos nuestros ejércitos, deleguemos más y más competencias en la soberanía europea. Hay que convertir la política Europea en el principal escenario de nuestro poder de cambio, porque tendremos el acceso a un mercado de 450 millones de consumidores protegiendo nuestras políticas. Y hagámoslo todo junto con el resto de la socialdemocracia europea. Pero lideremos con hechos, sigamos siempre adelante, no nos paremos en eternas negociaciones —a las que la UE nos tiene acostumbrados— y que llevan a la parálisis.

Éste debe ser nuestro proyecto. Todos son bienvenidos, pero no vamos a esperar a nadie. Enarbolemos la globalización de la izquierda como el camino hacia la utopía.

Luis Rivas Vañó
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